Léxicos

A nuestros lectores: “Montubio, no: montuvio”

A propósito del artículo titulado ‘Montubio, no: montuvio”, de doña Susana Cordero de Espinosa, publicado el domingo 11 de enero  de 2015, y porque diario El Comercio publica en “Cartas al director” del martes 20 de enero de 2015 un mensaje de la señora María Arboleda que disiente de este uso, me permito incluir en la página Web de la Academia Ecuatoriana,  la siguiente consulta y su respuesta, publicadas el domingo 14 de octubre del año 2007.

domingo 14 de octubre del 2007 Columnistas

DIARIO EL UNIVERSO
La esquina del idioma

¿Montubio o montuvio?
Consulta: Hace poco recibí copia de una carta de un prestigioso profesor de literatura, en EE. UU., en la cual pedía a dos historiadores la rectificación de la escritura de la palabra montubio (incorrecta) por la de montuvio (correcta). Sus argumentos iban de lo ortográfico a lo cultural, y decía que, por ejemplo, José de la Cuadra, siempre había usado la v, y no la b, y que hacerlo de esa manera contribuye a mantener una identidad junto a un deseo de reivindicación. ¿Podría usted aclarar este dilema? (Fernando Iturburu).

No me siento indiferente ante el clamor de los defensores de la cultura y raíces ecuatorianas, que solicitan que en el Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española (DRAE), además de la palabra montubio, -bia, que ya consta, se incluya la forma con /v/ para referirse al hombre y a la mujer del campo del Litoral ecuatoriano; pues montuvio es la escritura que se originó en estos pueblos costaneros.

El historiador Willington Paredes Ramírez en la obra Los Montuvios, etnia sociocultural invisibilizada (2006), pone una nota aclaratoria en la que, en uno de sus puntos, indica que se debe emplear la grafía montuvio, con /v/, por fidelidad a la tradición de un regionalismo sociolingüístico y semántico que creó el término montuvio y no montubio con el que siempre se designó a esta importante etnia, identidad y cultura del litoral tropical y subtropical.

Miguel Donoso Pareja, en el prólogo de este mismo libro, prohíja las frases de Paredes Ramírez y explica que para José de la Cuadra, Guayaquil era (es) la capital montuvia -así, con /v/, de monte y vida, como lo escribieron los del Grupo Guayaquil.

¿En qué momento ocurrió el cambio de uve por be?
En el Ecuador se escribió montuvio, con /v/, hasta finales de la década de los treinta. Como prueba tenemos el libro El montuvio ecuatoriano (1937), de José de la Cuadra. Después de este periodo, más o menos en 1940, en las escuelas se comenzó a difundir la escritura con /b/. Pero el uso de montuvio, con /v/, no se olvidó del todo: se publicó de manera esporádica  en periódicos y en libros de décadas posteriores; por ejemplo, Carlos Joaquín Córdova, director de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, incluyó las dos formas en su diccionario de ecuatorianismos, El Habla del Ecuador, editado en 1995.

Montubio entra al DRAE
Con las acepciones ‘campesino de la costa’ e ‘inculto y rústico’ y como uso de Ecuador y Perú, en 1927 ingresó al Diccionario el adjetivo montubio.

En la edición de 1984 figura como adjetivo y sustantivo empleados en América para referirse a una persona montaraz y grosera. En esta publicación también se indica que se aplica en Colombia, Perú y Ecuador con el significado de ‘campesino, especialmente el de las costas’; en este caso es sustantivo. A partir del DRAE de 1992, en la segunda acepción consta solamente ‘campesino de la costa’; significado que, a decir de la última edición (2001), se emplea únicamente en Colombia y Ecuador.

Montuvio en el banco de datos de la RAE
La grafía con /v/ está registrada en el Corpus de Referencia del Español Actual (CREA). Vale especificar que esto solo indica que existen pruebas de que la palabra montuvio se empleó o emplea en ciertas regiones del mundo; pero, aunque es un buen indicio, eso no garantiza el pase al DRAE.

Transcribo un ejemplo:
“¿Se acuerda del montuvio aquel, ese que se dejó sacar todos los dientes para ganar una apuesta?” (Luis Sepúlveda, Un viejo que leía novelas de amor [Chile 1989]. Real Academia Española: Banco de datos (CREA) [en línea]). Corpus de referencia del español actual.
<http://www.rae.es> [11.10.07].

La palabra montuvio va más allá de un análisis diacrónico o sincrónico, implica monte, río, amorfino, raíces, historia…

Diccionario de la lengua española, de la RAE; Corpus de Referencia del Español Actual, de la RAE; Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española, de la RAE; El Habla del Ecuador, de Carlos Joaquín Córdova; Los Montuvios, etnia sociocultural invisibilizada, de Willington Paredes Ramírez; El montuvio ecuatoriano, de José de la Cuadra

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Discurso sesión solemne

Susana Cordero de Espinosa

Directora de la Academia Ecuatoriana de la Lengua

Quito, 28 de marzo de 2014

Señor don  Jorge Albán, vicealcalde de la ciudad de Quito; señor don José Manuel Blecua, director de la Real Academia Española y presidente de la Asociación de Academias de la Lengua; señor don Cristian Celdrán, Encargado de Negocios de la Embajada de España en representación del Embajador; Señor doctor Rodrigo Borja Cevallos expresidente de la república del Ecuador y académico de número; señor don Darío Villanueva, secretario de la Real Academia Española; Señor don Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua; señora Estelnina Quilatoa, subsecretaria de Memoria Social del Ministerio de Cultura; señora arquitecta Ana María Armijos, directora del Instituto Metropolitano de Patrimonio; señor don Plutarco Cisneros Andrade, canciller de la Universidad de Otavalo;  Lcdo. Hernán Rodríguez  Castelo, subdirector de la Academia Ecuatoriana de la Lengua; colegas académicos, señores embajadores,  autoridades, señoras y señores:

Nos reúne aquí el sueño del español, nuestra lengua,  que pertenece a quinientos millones de hablantes: el sueño y la tarea.

Agradezco, a nombre de los miembros de la Academia Ecuatoriana de la Lengua,  a la Real Academia Española de la Lengua que, todavía bajo la dirección de don Víctor García de la Concha, inició el recorrido necesario para conseguir los fondos con que restaurar la casa que hoy nos acoge,  y el empeño de los sucesivos directores de la Academia Ecuatoriana que nos precedieron, Carlos Joaquín Córdova, Jorge Salvador Lara, Renán Flores Jaramillo,  vivos para nosotros, dirigido hacia dicha consecución.

A Cooperación Española, que a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el desarrollo, contribuyó, dentro de sus múltiples propósitos de contribución,  factibles en mejores tiempos económicos, a procurar que las viejas casas situadas en ámbitos ciudadanos de data colonial,  pertenecientes a las academias de la lengua de distintos países americanos,  volvieran a ser ocupadas y vividas por las respectivas corporaciones,  a fin  de expandir la vida de la lengua, que es la de la cultura.

Mi reconocimiento al Embajador Víctor Fagilde, en su calidad de representante del Gobierno de España y dilecto amigo, que nos ha acompañado en todos los pasos de estas celebraciones. Igualmente, a don José Manuel Blecua, director de la Real Academia Española. A la directora del Instituto Metropolitano de Patrimonio, por el aporte económico  que permitió completar la restauración de esta casa,  en muchos detalles  que le dan dignidad estética.

Al rector de la PUCE, nuestro colega académico, Manuel Corrales Pascual;  a la Orquesta Sinfónica Nacional, en la persona de su director ejecutivo, don Julio Bueno; así mismo, al miembro numerario de la Academia Nacional de Historia,  Franklin Barriga López, por su Historia de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, planeada desde hace tiempo para repartirla en esta fecha singular.  Este capítulo de agradecimientos ha de ampliarse a los arquitectos que pusieron su creatividad y sus manos en esta obra. A los colegas académicos y a todos ustedes que hoy nos acompañan.  Siempre agradeceremos menos de lo que deberíamos y olvidaremos más, por la circunstancia humana que a todos nos destina hacia la escasez y la miseria.

No encuentro palabra mejor para expresar el destino de mi intervención de este momento, que aquella de Agustín de Hipona, cuando reconocía: ‘Todos los momentos del tiempo confluyen y se condensan en el presente, de modo que en él todo es presente: el del pasado, que es memoria; el del presente, que es intuición, y el del futuro, que es espera y atención’… Que esta sabia intuición del tiempo me ayude a centrar mis palabras,  y condensar en ellas el presente, desde el cual, mi intuición personal,  cavando en la memoria,  halle el futuro hacia el que caminamos.

Hay coincidencias circunstanciales dignas de resaltarse, como estas a la que hoy he de referirme.  En este  año 2014,  no solo volvemos oficialmente  a nuestra sede, sino que en él   se cumplen ciento cuarenta años de aquella fundamental sesión de la Real Academia Española, durante la cual,  en Madrid, se autorizó la creación de una academia correspondiente en la República del Ecuador, en junta de 15 de octubre de 1874, tal como ayer nuestro subdirector leía en su discurso sobre nuestro primer director; desde entonces, las sucesivas ediciones del Diccionario de la Lengua Española mantienen esta fecha como la del inicio del  ‘establecimiento’ de la Academia Ecuatoriana de la Lengua; decisión que hemos querido celebrar,  al reconocer que sin ella no habría sido posible la confirmación jurídica de nuestra existencia académica. Siete meses después de la citada reunión madrileña, ya en 1875, “los académicos reunidos  nombran   a Pedro Fermín Cevallos, director;  censor, a Pablo Herrera,  Secretario,  a José Modesto Espinosa. De 1875 data el decreto legislativo cuyo primer artículo dice: “En mérito de las razones que los señores académicos han expuesto en su solicitud, y por considerarse deber de la legislatura el proteger y dar impulso a todo lo que, de cualquier manera, ilustra y honra a la Nación, decretan: Art. 1º.  Concédese a la Academia Ecuatoriana correspondiente de la Española, la dotación de seiscientos pesos por año que satisfará el Tesoro nacional … por dividendos mensuales”. Art. 2º. Además … se le concede franquicia en las estafetas de la república, para su correspondencia con  la Española y con las Academias de la misma clase establecidas o que se establecieren en América”.

La dotación de los seiscientos pesos anuales originó mil y una desventuras, aunque, más tarde, el reconocimiento de esa deuda contribuyó no poco a nuestra existencia actual. Hemos perdido, en tiempos de veloz comunicación, la franquicia en las estafetas oficiales y quizá esta es la hora de volver a solicitarla, dados los precios casi inalcanzables para nuestro presupuesto, del envío de nuestras Memorias, a las academias hermanas. Vamos, aunque muy brevemente,  a la historia de la casa:

Según registros del estudioso Fernando Jurado, en tiempos prehispánicos el actual solar de la Academia pudo haber sido parte del complejo arquitectónico del Inca Huayna Capac, cuyo palacio ocupaba,  la manzana de enfrente, entre la Cuenca, la Chile, la Benalcázar y la Sucre, y cuyo granero era el actual Convento de San Francisco. No hay datos que comprueben la verdad de este aserto, aunque no deja de ser significativa la atribución de destino tan singular al terreno que ocupa nuestra casa; así que, lejos de la comprobación histórica, esta creencia contribuye a su mayor dignidad. Son  históricos, los datos ya hispano-mestizos según los cuales una inmensa quebrada, la de Sanguña, ‘rompía el espesor de la manzana en que ahora está situada la Academia … La plazoleta de La Merced avanzaba al occidente y en el terreno que sigue al que fue el teatro Granada, solo la quebrada existía.

En 1538,  como se lee en un acta del cabildo de Quito, había en el sector tres huertas, la de Juan Lobato de Sosa, la de Martín de la Calle y la de un tal Zamora…Lobato, que en unión libre convivía con Isabel Yaruc Palla, exesposa y pariente de Atahualpa, fue padre de uno de los primeros, si no el primer clérigo mestizo, Diego Lobato de Sosa. Al referirse a su casa, cuenta que queda ‘cerca de San Francisco’, lo que muestra que, con probabilidad,  corresponde a la que había en el actual sitio de la AEL.

En el siglo XVII,  hacia 1680, la casa de enfrente que mucho más tarde fue de la familia Zaldumbide y luego sería sede del Conservatorio Nacional de Música, pertenecía,  según los documentos de propiedad,  a un canónigo Avendaño,  en cuyo testamento de  1686, se   afirma que su casa mira a la del capitán Onrramuño y Arteaga citado ya hacia 1650, como dueño de la casa cuya historia interesa aquí;   a comienzos  del siglo XVIII, ella seguía en poder de dicha familia de origen vasco, pues la había heredado don Diego Onrramuño quien certifica, en 1704. Más de un siglo después,  en 1840, hay un dato del censo de Quito, según el cual la casa estaba situada en la ‘manzana de la gallera’ de don Jacinto Gómez Cáceres;   si la arena de la gallera es referencia válida, lo es porque,  dado el carácter del tiempo y de las costumbres y juegos de entonces, dicha gallera debió tener mayor celebridad que las casas que  fueron construyéndose en esos terrenos y que las que en ellos ya existían,  las cuales,  con el paso de los años, acabarían por desalojar a la misma gallera. Cuando en 1875 se instala en el Ecuador la Academia de la Lengua, lo hace en la casa de enfrente, la del suegro de don Julio Zaldumbide, propiedad cuya existencia ya hemos citado. Fue esta casa vecina de la futura Academia, y en ella se consolidó una de las mejores tertulias literarias de Quito… En sus patios se hacían representaciones teatrales, y según Jurado existen apuntes de doña Blanca Martínez de Tinajero, en los cuales consta que Juan León Mera, preclaro investigador y narrador, fundador ambateño de la Academia de la Lengua,  junto con su esposa tomaban parte en aquellas. El dato aparentemente más preciso sobre  la construcción de esta casa,  lo aporta  Jorge Salvador Lara, cuando afirma ‘es un edificio colonial de dos patios, construido en el siglo XVIII al borde de la quebrada que atravesaba el centro de Quito de Oeste a Oriente”… El edificio no fue de factura estrictamente colonial,  aunque los dos patios son reminiscencia de los viejos tiempos.  A finales del siglo XVIII y durante casi todo el XIX funcionó allí la primera biblioteca pública de la ciudad, la famosa de los jesuitas, alojada en la antigua Universidad de San Gregorio, luego de Santo Tomás de Aquino, convertida por Simón Bolívar en Central del Ecuador. La biblioteca se vio obligada a desocupar ese local cuando se instaló allí el Cuartel Real, en la última década del siglo XVIII. Hay la sospecha de que el Precursor Espejo, primer bibliotecario, pudo haber dirigido el traslado de aquella colección magnífica, al edificio de la calle Cuenca,   motivo por el cual  la plazoleta de La Merced se denominó largo tiempo pasado con el nombre de “Dr. Espejo”;

Mencionamos  la asignación de los seiscientos pesos cuando la fundación de la Academia, aunque no se le entregaron durante este largo lapso,  hasta que la Cámara legislativa de 1904 decide,  por gestiones  que el expresidente Luis Cordero Crespo  realiza sobre legisladores cuencanos,  quienes reconocen que había de cumplirse lo resuelto hacía cerca de treinta años,  y reconoce la deuda estatal; como forma de pago,  dona a la Academia la mitad del inmueble ubicado en la calle Cuenca. La otra mitad le será entragada, gracias al empeño del expresidente Alfredo Baquerizo Moreno, por decreto de veintiséis de septiembre de 1905, en el que se faculta a la Academia para que en “pública subasta enajene dicha casa y compre otra que sea más adecuada al servicio de aquel Instituto”….

Ahorro a ustedes muchos otros datos registrados sobre esta propiedad. Es digno de notarse, sin embargo, el hecho de que la Academia jamás enajenara su casa, aunque tampoco la ocupó. En aquellos largos años debieron habitarla sucesivos alquilones, tenderos, pasantes de pluma,  tinterillos,  y tantos y tantos individuos y familias que convirtieron esta casa en uno más de los  conventillos del centro colonial de Quito, de los cuales, poco a poco, con esfuerzo digno de resaltarse, fueron deshaciéndose con historias contradictorias de dignidad y dolor, los sucesivos gobiernos de la capital.

Solo en 1979, don José Rumazo González  director de la Academia Ecuatoriana, se refiere así a la casa de la Academia:

“Ha constituido y constituye todavía un problema absorbente y de difícil solución. En efecto, este edificio se encontraba en tal deterioro que, como el techo se venía abajo, las paredes de adobe empezaron a ser humedecidas por la lluvia. Después de penosas gestiones, incluso con la intervención de un abogado, fue posible obtener que las doce familias que allí vivían fueran abandonando las habitaciones, de modo que se hiciera posible la reconstrucción y remodelación de esta casa”. (Memorias. 270).

Puesto que ya nuestro subdirector se refirió a este proceso de restauración, que culminó en la ocupación de nuestra casa en la década de los ochenta,  y luego su desocupación,  debido al asalto que de las calles aledañas hicieron los vendedores ambulantes y a mil y una circunstancias que la volvían prácticamente inabordable, solo añadiré que, en ese ir y venir de aconteceres, ocupaciones y desocupaciones, hemos vuelto, gracias a las ya referidas felices circunstancias que favoreció el interés de la Real Academia y la generosidad de Cooperación Española, y a sucesivas alcaldías que han beneficiado a Quito, procurando el digno desalojo de ventas ambulantes  en calles y plazas del centro. Estamos convencidos de que esta política de recuperación de nuestro Quito colonial, ámbito de enorme belleza y dignidad, proseguirá y nosotros, como Academia, procuraremos aportar con el vigor que nuestro destino cultural exige.

Esto, en cuanto al pasado y presente de la casa. En lo relativo a la vida académica, a sus fundadores, a los miembros que han pasado por ella, a los avatares de su vida, a las inquietudes que han movido a sus sucesivos directores –hasta hoy, en ciento cuarenta años, un cortejo de intelectuales, tantos de ellos grandes prosistas y, muchos,  poetas notables e intelectuales de valía,  requeriría nombrar a numerosos individuos de número y correspondientes, la excelencia de cuyo talento fue de la mano de su dignidad ética… Curiosa y dignísima concurrencia que queremos y debemos resaltar.  En muy primer lugar, nombremos al primer director de la Academia, don Pedro Fermín Cevallos, de cuyas inquietudes fundamentalmente léxicas, ayer dio precisa narración don Hernán Rodríguez Castelo, nuestro actual subdirector. Sus miembros fundadores ya para entonces correspondientes de la Real Española, don Julio Zaldumbide, Belisario Peña, General Francisco Javier Salazar, Pablo Herrera y José Modesto Espinosa, en acta de la instalación de la academia ecuatoriana, de fecha 4 de mayo de 1875,  hacen constar: “Reconocida la importancia de aquel acuerdo y el bien que de su cumplimiento había de resultar a la literatura castellana, se resolvió declarar y se declaró instalada la Academia; y fueron nombrados, para director de ella el señor don Pedro Fermín Cevallos, para Censor, el señor don Pablo Herrera, y para Secretario el infrascrito, don José Modesto Espinosa. El señor Cevallos propuso entonces que se decidiese si debían nombrarse otros académicos para completar el número máximo señalado en el artículo del acuerdo original, cuya parte pertinente dice: “y como, demás de los concurrentes, pertenecían a la Academia los señores doctor don Antonio Flores, don Juan León Mera y don Julio Castro, que por hallarse ausentes no asistieron a la instalación, se resolvió que se nombrasen solo seis y se dejasen algunos asientos para otros cuya elección fuera aconsejada después por las necesidades de la Academia y por los merecimientos de los candidatos”.

Fueron nombrados por votación unánime, los señores don Francisco J. Aguirre, de Guayaquil, don Antonio Borrero, don Rafael Borja y don José Rafael Arízaga, de Cuenca, don Carlos Castro y don Miguel Egas, de Quito, lo que muestra cómo, ya desde los inicios, la Academia trató de incluir entre sus miembros a intelectuales de varias regiones del Ecuador.

“Los tres primeros directores de la Academia fueron el ya citado Pedro Fermín Cevallos, entre 1875 y 1892; el doctor Julio Castro, entre 1892 y 1896 y don Carlos Rodolfo Tobar, de 1896 a 1920, en un largo y difícil período. Desfilaron en aquellos años por el ámbito académico, los mayores intelectuales de la patria; los fundadores: don Luis Cordero, Francisco Febres Cordero,  Federico González Suárez, Luis F. Borja, Antonio Flores Jijón, Francisco Campos, César Borja, Manuel J. Proaño…Todos ellos, dejaron, a su muerte, ejemplo de trabajo,  huellas inolvidables de inteligencia y honor.

Sé que datos,  fechas, nombres y la merecidísima exaltación   de tantos ilustres personajes, su más que justa consignación aquí y en este momento, dirán, paradójicamente,  muy poco de su ser, de su contribución real a la vida académica, de su tarea ingente en tantos aspectos;  de una presencia, en fin, sin la cual nosotros no celebraríamos estas fechas, ni estaríamos  aquí. Queden, pues, no sin nostalgia, brevemente aludidos, y sin aludir los nombres dignos de tantos otros, a fin  de dedicar nuestras palabras  al destino que  es el hilo conductor entre estos personajes y todos los que en largos años atravesaron   y atravesarán el tiempo, en calidad de miembros de la Academia Ecuatoriana,  en la enorme tarea que, desde el pasado, en el presente y hacia el futuro se nos impone, de preservar, con todas sus exigencias, la unidad de nuestra lengua española.

Excmo. Señor don Alejandro Pidal y Mon, Director de la Real Academia Española de la Lengua.

Madrid.

Excelentísimo Señor.

“Hay, como V.E. bien lo sabe, entre la lengua que se habla y el ánima del hombre una unión tan íntima, un vínculo tan apretado, una dependencia tan recíproca, que el lenguaje viene a ser, por eso, uno como espejo vivo, en que aparece reflejada el alma, con exactitud: cultivar, pues, el idioma, estudiarlo, analizarlo y procurar conservarlo puro, genuino e incontaminado es obra civilizadora; y tanto más civilizadora cuanto (como sucede en el castellano) el idioma que se habla sea más perfecto, más rico, más variado y esté ya fijado mediante la formación de una literatura, en la [cual lo] que solemos llamar el fondo de las obras literarias se halle en armonía con la expresión. Una lamentable equivocación comenzó a cundir, hace algún tiempo, en los pueblos hispano americanos, y fue la de creer que también el idioma en nuestras Repúblicas debía emanciparse de España, así como las colonias se habían emancipado de la Metrópoli; confieso llanamente a V. E. que yo no puedo entender cómo se podría haber verificado semejante emancipación del idioma, a no ser que se hubiera convenido [en] la democracia americana en hablar una lengua del todo indisciplinada, lo cual, aunque se hubiera querido, habría sido metafísicamente imposible realizar. Por el idioma castellano, que es el habla materna de los americanos, todavía, hasta ahora, como en los días de Carlos Quinto y de Felipe Segundo, el sol no se pone en los dominios pacíficos de esa Real Academia Española de la Lengua.

Con profundo respeto, soy de V. E., Excmo. Señor Marqués, atento servidor y capellán +Federico. Arzobispo de Quito.

Quito, 24 de Marzo de 1908…

Raro y precioso texto el de nuestro arzobispo,  académico,  historiador y escritor sin par. En él   en términos que no pueden ser más actuales, consta no solo la razón, sino todas las razones del trabajo académico, a que podemos referirnos.

Nuestro decir revela nuestro ser…No solamente hay entre palabra y ser una dependencia imposible de escindir sino que, además, la obra civilizadora, es decir, la tarea que nos convierte en ciudadanos al servicio del ámbito en que hemos nacido y de la tierra toda, es el cultivo de la palabra propia. Razón fundamental para insistir con tristeza sí, pero también con esperanza, ante las autoridades de educación y cultura del Ecuador aquí presentes o a las cuales debe llegar nuestra palabra, en la deleznabilidad actual de la educación ecuatoriana,  la cual, aunque sufre en este momento y desde hace ya muchos años, diversos procesos de regeneración, parece que no llega a acertar, y en esta triste repetición de actos, recursos y búsquedas sin significado, abrumada, además, por la incursión en nuestro universo de exigencias globales cuyas enormes ventajas no aprendemos a aprovechar, sigue dejando al margen el estudio profundo del idioma propio, el énfasis incesante,  en estudios y vidas, sobre la correcta y bella expresión escrita, la promoción, en fin, del ser que somos, más allá del tener al que aspiramos, el cual,  una vez obtenido, sin crítica y análisis, se vuelve un búmeran de imposible control.

¿Cuál es pues, inducido de este magnífico texto arzobispal, el trabajo que compete a la Academia Ecuatoriana? ¿Cuál, su presente que no podemos eludir, a riesgo de perder significado?

En primer lugar, para mantener “la unión  del idioma, estudiarlo, analizarlo y procurar conservarlo” la Academia cuenta con el aporte de cada uno de sus miembros. Aportes individuales, sí, pero con proyección social a través de la narración, de la poesía, del ensayo…, de la búsqueda de expresión feliz en una obra que ha de basarse cada vez más, en el sentir popular, en el conocimiento y profundización en las condiciones pasadas y actuales de nuestro pueblo ecuatoriano. Una especie de construcción del ser del pueblo, desde la palabra. ¿Pero basta para la Academia esta feliz proyección individual? No. Hoy más que nunca, insertos, luego de una larga historia, en la Asociación de Academias de la Lengua Española, la Academia Ecuatoriana vive la exigencia de una labor continua que ya no se hace y nunca más ha de hacerse en soledad, sino, con el aprovechamiento feliz de los medios de comunicación actuales, a través  de la red virtual, que, en solo una década, la que transcurre entre   1999 y 2010, ha producido obras cuya inmensa labor habría sido imposible sin la intercomunicación que procura el aprovechamiento de la memoria y de la red. En aquel 1999 empezó a cumplirse el empeño de diversos directores de la Real Academia Española, que culminaron en la tarea de don Víctor García de la Concha, discípulo de don  Fernando Lázaro Carreter, de crear y publicar panhispánicamente, si se me permite el neologismo, con el auxilio de la memoria digital, textos fundamentales para la lengua española, como el Diccionario panhispánico de dudas; la colosal Nueva gramática de la lengua española y el Diccionario de americanismos, así como la enciclopédica Ortografía, además del diccionario oficial y de otros muchos textos avalados por las academias  de los cuales hoy podemos disponer, a precios asequibles.

La concreción del trabajo panhispánico es lo mejor que podía suceder para la proyección de la vida académica, lo que, además de exigirnos, no nos exime del trabajo hacia dentro.

Este conjunto insuperable realizado en poco más de once años culminó con la Ortografía de la lengua española, el último de los grandes empeños que cumplieron aquello que don Víctor prometió al rey de España en los jardines del Palacio de la Zarzuela, ante los académicos americanos y españoles que habíamos sido invitados por su majestad, el año 2000. En reunión nada ceremoniosa, de democrático respeto y sencillez, don Juan Carlos de Borbón dijo al director de la RAE: -Víctor, con vuestro trabajo los académicos tenéis que devolvernos América. A nadie sonaron sus palabras a vana nostalgia de grandezas perdidas, sino al anhelo de recuperación y de refundación del espíritu de unidad a través del don, mil veces precioso, de la lengua común.

En concreto, la Academia Ecuatoriana, luego de esta época exigente hacia fuera, de culminación de la obra física de nuestro edificio; de traslado, de atenciones a requerimientos de tipo económico-administrativo y legal, de preocupaciones para dotar de amueblamiento adecuado y vestir apropiada, aunque aún pobremente a nuestro precioso ámbito; de ir y venir, gestionar y procurar; luego de estos gratísimos días de celebración en la ineludible compañía de los tres preclaros académicos que nos acompañan, ha de vivir su presente, que es futuro, dedicada a cumplir sus objetivos académicos, más allá de cualquier circunstancia personal que en ningún caso debe permitirnos dejar de lado la consecución de las metas comunes que nos definen.

En primer lugar, si, según nuestros estatutos  “hemos de velar por que los cambios que experimente el español hablado en el Ecuador en su adaptación a las necesidades de los hablantes, no rompan la unidad que la lengua española mantiene en el ámbito hispánico”, creo indispensable manifestar que nuestro trabajo hacia fuera ha de dirigirse a crear conciencia de la inmediata necesidad de la existencia en universidades ecuatorianas de auténticos estudios filológicos y lingüísticos… No poco dice del   menesteroso andar educativo de nuestra patria, esta enorme carencia. La lingüística hoy, apenas como una materia más,  se halla inmersa en departamentos de comunicación, que, en general,  eluden toda profundidad de estudios, en pro de la inmediatez acrítica del uso de los actuales medios de comunicación.

Nuestra relación dentro de la Asociación de Academias exige “la realización de investigación lingüística, que permita aportar datos científicos significativos sobre el español del Ecuador”; nos hallamos en esto, a través de nuestra comisión de lexicografía, de la cual esperamos, como fruto inmediato, la edición de fascículos sobre ámbitos concretos de uso del español en lo jurídico, lo gastronómico, en los distintos oficios, edades, condiciones y quehaceres que influyen en el uso circunstancial, que a menudo se convierte en determinante del español ecuatoriano. Sería ideal concebir proyectos de investigación lingüística, con la cooperación de la ASALE y la RAE, así como con la de universidades hispanoamericanas. Realizar con ellas convenios de pasantías y de becas  para capacitación permanente de nuestros lexicógrafos. Vaya aquí mi reconocimiento a la existencia de la Escuela de Lexicografía, fundada para beneficio de las academias americanas, por la Real Academia Española cuyos becarios contribuyen a la realización de nuestros trabajos.

Tenemos la urgente necesidad de crear un corpus del español ecuatoriano, codificando los textos y llevando a cabo de modo adecuado la recuperación de la información; necesitamos para esto asesoría, adiestramiento sobre programas informáticos adecuados, apoyos para su adquisición y capacitación en el manejo de programas.

Hemos de crear un registro de lexicografía ecuatoriana, que no olvide los viejos diccionarios, vocabularios y léxicos  regionales y estudios acerca de las variantes del español hablado en el Ecuador…

Hemos hecho gestiones a fin de crear la Fundación pro Academia Ecuatoriana de la Lengua para respaldar nuestros proyectos de investigación. Nuestra colección de obras lingüísticas merece reimprimirse. Lo hemos hecho con esa obra máxima  de Humberto Toscano que hoy presentará don Humberto Lòpez Morales, El español en el Ecuador. Habría que completar y perfeccionar la edición de El habla del Ecuador, diccionario de ecuatorianismos, de Carlos Joaquín Córdova. Nos es indispensable crear una activa comisión de publicaciones que estudie lo realizado en  la colección   “Horizonte cultural” y la continúe. con otras producciones, que estudie y promocione nuestras Memorias.  Otro sueño realizable es el de reimprimir sus primeras ediciones.

Organizar y dotar a nuestra biblioteca, de obras de lingüística y literatura. Procurar en el más breve lapso, abrirla para el público capitalino. Nos ocupa el antiguo y siempre actual deseo de realizar, con los medios actuales, un nuevo Diccionario de ecuatorianismos, para lo cual convocamos, desde ahora mismo, la contribución científica y metodológica de la Asociación de Academias. Enriquecer continuamente nuestra página Web, que, aunque se inició hace un año, no ha merecido, por diversas circunstancias, nuestra constante atención y el enriquecimiento debido.

Quisiéramos, en fin, servir a nuestra sociedad con estos ideales para cumplir los cuales hemos de empeñarnos en nombrar a nuevos miembros de la Academia Ecuatoriana, entre los mejores trabajadores de la lengua de nuestras universidades e instituciones culturales.

En cuanto al español ecuatoriano, volvamos una vez más al pasado, que nos permite actualizarnos: Luis Cordero Crespo en el prólogo a su Diccionario quichua español español quichua, expresa: “En la Sierra  coexistían armónicamente castellano y quichua, hermanándose en la expresión graciosa, en los modismos peculiares y en la chispeante habla popular de ciertas provincias, como la nuestra. Representaba tal hermandad esa etapa histórica y sociológica de la proyección de la ciudad sobre el campo y del campo sobre la ciudad.  Hoy, avanzada la historia, avanzado el mestizaje y convertida la urbe en meta del campesino, el quichua ha entrado en una etapa de atenuación y ensombrecimiento,  donde ni los interesados por conservarlo hacen mínimo esfuerzo en su defensa”; este ensombrecimiento real, mayor aún en tiempo de globalizaciones y forzosas influencias externas, no han eliminado, felizmente, el sustrato quichua de nuestro español. Finalmente, entraré   en la palabra cotidiana, la nuestra,  instrumento de creación.  Tiempos hubo en que, en el Ecuador, debíamos hablar el español de España: pulir   la pronunciación,  no comernos consonantes finales ni deslizar quichuismos en el habla.  Ninguna característica mestiza  era aceptable en la lengua ni en la vida. Siendo el de España el ‘mejor’ español,  nuestra expresión debía cumplir con el lema que definía el destino del habla hispanoamericana: ‘limpiar, fijar y dar esplendor’.

Giros quichuas intraducibles  que penetraron hondamente en el habla: ‘le mandó sacando’,  ‘dejarás cerrando’,  o las formas de ‘dar’ más gerundio que atenúan el imperativo hasta volverlo ruego: ‘Da diciendo que voy a volver, no seas malito’, de significado y sintaxis subvertido eran anatematizados.  Amarcar o marcar: ‘tomar en brazos’;  guagua,  ‘niño tierno’  voz cuyo uso, según fray Domingo de Santo Tomás, era exclusivo de la madre para nombrar a los hijos;  guambra,  chuso,    chaquiñán,   chacra,  huasipungo,  huacho. E híbridos quichua-español: Limpiopungo, ‘puerta limpia’;  caballo chupa, ‘planta medicinal’; Chimbacalle, ‘la calle del otro lado del río’, se preservaban para la intimidad.

Nuestra cocina ganó la ardua batalla: el locro, el timbushca, los llapingachos, las choclotandas, el caucara, el champús, el sango, la chuchuca, el mote,  el chulco, la mashca, todo lo comemos deliciosamente en quichua. Sazonamos la comida con rocoto, y tomamos la chicha de jora. Existen, en el español serrano, muchas  ‘seudomorfosis’ quichuas: hablar significa tanto "hablar" como ‘reñir o reprender’;  hablar atrás es ‘murmurar’;  llevar, significa ‘llevar’ y ‘traer’; el ocioso es un ‘come de balde’. Llamamos al abuelo ‘papa grande’ (jatun taita) y ‘dedo mama’ al pulgar. La   bola más grande   de la macateta, es la ‘bola mama’; la cuchara grande de madera, la ‘mama cuchara’ o ‘cuchara mama’.

Términos, construcciones, estilos del habla de esta patria que cuenta con una poesía tan poderosa,  cuanto desconocida. Otra tarea para la Academia, la de la difusión posible, quizás digital, de los poemas, narraciones y ensayos, de tan diversos y extraordinarios poetas, narradores y ensayistas que han pertenecido o pertenecen hoy a la Academia ecuatoriana.

Pero también en nuestro español ecuatoriano, Ya es de que yo termine: es decir,  ‘Debo terminar ya, lo más pronto’.

Sí, aunque sea grande la tentación de referirme a aquella filosofía del deslizarse temporal de Agustín, que nos dijo tanto en tan pocas líneas. Aunque Hegel sabía que la filosofía era un saber triste, un saber del acabamiento y del ‘después’,    Convirtámoslo aquí en  el saber del deseo y de la esperanza.  En el pensamiento del triunfo, no el  del fracaso, aunque sepamos que los dos son lados de la misma moneda de la vida.  Soy consciente de que, pues todo pensar genera crítica,   cuanto he dicho ha de ser analizado por mí misma en un pensamiento posterior que  anuncie y decida la acción, la puesta en práctica de nuestros sueños. Para esto, creo que contamos en la Academia Ecuatoriana con un profundo material humano en cada uno de los académicos que sabrá comprender la exigencia de la tarea que se nos impone.

He dicho.

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Intervención que precede a la conferencia de don Darío Villanueva

Quito, 26 de marzo de 2014

Permítanme una corta  intervención, necesaria antes de la conferencia magistral titulada ‘La modernidad del Quijote, visión y dicción’. que el académico español, secretario de la Real Academia Española,  don Darío Villanueva,  nos ofrecerá en este acto singular.

No me faltaron deseos de  iniciar este acto refiriéndome a Don Quijote, personaje ejemplar,   siempre fracasado y siempre triunfante, con su Sancho,  consejero a ratos, a ratos regañón  y contradictorio,  y el mejor gobernador –quizá por serlo solo imaginario-  que jamás hubo en este mundo. Sabio,  con la sabiduría del pueblo castellano, como cuando exhortaba a su amo: “¡Ánimo, buen amo, que buen corazón quebranta mala ventura!”, exhortación que nos viene tan bien,  este momento y siempre.  Personajes, los dos,  expresivos de la condición humana y por ello, siempre actuales.   Pero nada más placentero y responsable de mi parte, que dejar completa esta hermosa tarea a Darío Villanueva,  y agradecerle por haber aceptado la invitación de la Academia Ecuatoriana de la Lengua a celebrar con su palabra la doble recordación que esta semana nos ocupa.

Quiero agradecer al rector y al vicerrector de la Pontificia Universidad Católica de Quito, Manuel Corrales, académico de la Ecuatoriana, y Pablo Iturralde Ponce, respectivamente, por haber abierto las puertas de la querida Universidad a este primer acto nuestro.

Mi intervención, inevitablemente ligera en todos los sentidos,  ha de presentar muy “wikipédicamente” –y que se me perdone el horrible neologismo- al amigo (nos encontramos en Madrid, hace ya cuatro años; en Tokio en el Congreso Internacional sobre el español y la cultura hispánica, cuando inauguró con su palabra el encuentro citado, y participamos juntos en una mesa redonda sobre El valor del español en el mundo,  y en Panamá, en el VI Congreso Internacional de la Lengua Española, en octubre próximo pasado;  hoy, trae su palabra maestra a nuestra Quito).

Él es gallego, como lo fue la querida y extraordinaria y vital  doña Emilia Pardo Bazán, amiga de nuestro Juan Montalvo,  que tanto hizo,  sin éxito,  para que la Real Academia lo recibiera como miembro correspondiente. Recuerdos de amargura, pero también de vida profunda.  Ella tampoco fue recibida entonces. ¿Cabe alguna duda de que sería recibida hoy?…

Gallego,   como lo fue Rosalía de Castro, nacida en Santiago de Compostela, de cuya célebre universidad, Darío fue rector durante dos períodos y en cuya Facultad de Filología ejerce las   afamadas cátedras de  Teoría de la literatura y Literatura comparada.

Bien quisiera extenderme, pues Darío Villanueva lo merece de sobra, para referirme a   sus obras críticas, a sus ensayos, a sus prólogos y estudios maestros. Pero,  en este momento, lo mejor que puedo hacer es ceder la palabra  a nuestro académico y rector, Manolo Corrales, no sin antes   traer aquí, en movimiento inevitable, un poema que  releímos tantas veces, de la ilustre  entre gallegos ilustres, Rosalía de Castro:

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros, /
Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,/
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,/
De mí murmuran y exclaman://

Ahí va la loca soñando/
Con la eterna primavera de la vida y de los campos,/
Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,/
Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.//

Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha, /
Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula, /
Con la eterna primavera de la vida que se apaga /
Y la perenne frescura de los campos y las almas, /
Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.// 

Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,/
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

Quizá estas palabras explican nuestra presencia aquí…

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La Academia Ecuatoriana de la Lengua lanza su sitio web

Con mucho entusiasmo nos permitimos compartir con ustedes el lanzamiento del sitio Web de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Este espacio ha sido pensado para compartir información importante con nuestros lectores, para que sea un medio que aproveche la inmensa posibilidad comunicativa de la red y nos permita, entre tantas otras posibilidades, recibir y atender diligentemente sus consultas e inquietudes idiomáticas, de cualquier naturaleza. ¡Esperamos poder responderlas todas!

En él, en principio,  se presenta información sobre la Academia Ecuatoriana de la Lengua, un resumen de su historia;  su estatuto, su estructura, sus miembros,  y noticias relevantes del acontecer y el actuar académico.  Se irán introduciendo artículos sobre asuntos idiomáticos e información relevante sobre el uso del español en el Ecuador.

Incluye también una base alfabética de términos de uso en nuestro país,  con el objetivo  de que se convierta en un medio dinámico de comunicación entre la AEL y los lectores, que aproveche el uso generalizado de Internet y se enriquezca cotidianamente con su colaboración.

Las secciones más relevantes del sitio Web, porque serán, lo esperamos, las más activas,  presentan las consultas realizadas a la AEL con las respectivas respuestas,  y el citado léxico que quisiera llegar a ser, con el tiempo, una rica base para un diccionario académico de ecuatorianismos.

Esperamos que este nuevo servicio sea de utilidad para la colectividad y que, con la colaboración de todos, podamos perfeccionarlo en nuestro beneficio. ¡Bienvenidos!

Hemos incluido en nuestra página Web un incipiente léxico de uso, no normativo, con términos que llevan la marca Ec., es decir, cuyo empleo es frecuente en el Ecuador, y que pertenecen, tanto al español general como al español americano o solo ecuatoriano, pero que se emplean entre nosotros con algún sentido distinto o en expresiones típicas del  habla ecuatoriana general o de alguna de sus regiones.

Tanto la sección de consultas como el ámbito léxico, están  pensados para que se alimenten con la colaboración de nuestros lectores. Para cumplir este objetivo, ponemos a su disposición   la sección decontacto mediante la cual nos pueden hacer llegar sus dudas, así como el término o los términos que se proponen para enriquecer el vocabulario,  o cualquier información que contribuya a enriquecer el conocimiento del uso del español  en el Ecuador.

Esta lista alfabética quiere, pues,  servir de incentivo para que los lectores interesados añadan a ella términos nuestros que no se encuentren en el léxico citado, o que se usen en distintas acepciones a las que vienen en el artículo, o que se incluyan en alguna expresión o locución no registrada. Cada sugerencia de nuestros lectores deberá traer, además de la definición atribuida al término, ejemplos de uso escrito, que, en el artículo,  deberán resaltarse en cursiva, con la referencia correspondiente entre paréntesis. Llevarán, de ser posible, información gramatical (m. o f. para sustantivo masculino o femenino, adj., para adjetivos, v., para los verbos, etc.), según el modelo que proponemos, que es siempre perfectible.  En cuanto a las marcas diatópicas (referidas al lugar en que se usa el término), las reduciremos a las siguientes: Ec., si el término se emplea en todo nuestro país; o Ec/N., Ec/S., Ec/E, Ec/O, ‘Ecuador norte, sur, este, oeste’, respectivamente. Si se quiere hacer alguna otra especificación, se puede incluir en comentario o explicación en el mismo artículo.  Conforme vaya enriqueciéndose el diccionario se irán haciendo las respectivas adaptaciones, a fin de que el texto tenga la uniformidad necesaria.

Este es apenas un comienzo: si la página es útil en todos sus aspectos, y el glosario ecuatoriano logra hacerse realidad con su aporte, ¡lo habremos elaborado todos!

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